Seguro que os ha pasado alguna vez eso de la decepción. Y yo no sé bien qué es, pero por alguna esquina de mi dolor creo haberla sentido pasar. Ocurre que te llenas de ilusión y esperanza ante algún acontecimiento futuro, futuro próximo, mejor dicho; ocurre que sueñas. Por fortuna o por desgracia tenemos ideas que creemos bien fundadas, pero que en realidad vienen de lo más profundo de nuestro deseo porque ese 'algo' pase. Y entonces llega... Te encuentras en ese momento tan especial para ti que das por hecho que para los demás también lo será, ya no por el hecho de que a ellos también les haga felices ese día, quizá no, quizá crees que lo sentirán especial por que tú lo sientes así, y porque sabes que ellos te quieren y lo harán por ti. Hablo de la familia, de los mejores amigos... Hablo del amor que sabes que sienten hacia ti, pero que por una cosa o por otra nunca te lo han demostrado como tú crees que te mereces, o sin más, como tú lo harías por ellos.
Y poniendo una experiencia en concreto, pongo la de mi 18 cumpleaños, un fiasco y, a la vez no. 14 de febrero de 2013, despierto no como un jueves cualquiera, era mucho más. Las mariposas por el estómago desde las 7:00 am. revoloteando en mi ser a modo de una sonrisa permanente durante todo el día. A saber si los demás lo percibían, yo siempre supongo que sí, siempre, siempre. Transcurrieron las horas como el agua entre las manos, sin poder evitarlo, sin poder hacer nada por marcar un stop y disfrutar aunque sea un poco de mi felicidad inmune. Mucho amor sin palabras de cariño ni cartas de las de corazón. Dicen de mi complejidad ilimitada, pero yo digo que el amor es la cosa más simple y a la vez, lo que más me llena. No pedí amor, y lo recibí, pero yo esperaba más, siempre más.
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