En la "Canción
del baile" de Así habló Zaratustra, Nietzsche
escribe: "Un día me contemplé en tus ojos; ¡oh vida!, y me pareció
caer en un insondable abismo; pero tú me sacaste con anzuelos de oro;
tenías una risa burlona cuando te llamé insondable" y, más adelante,
"yo no amo profundamente sino la vida". La vida es, pues, lo
único que ama profundamente y lo insondable, lo que no se puede
definir porque se escapa a todo concepto.
En
la Naturaleza (y el hombre es una parte de ella), la
vida se manifiesta como un instinto espontáneo; como una fuerza que se
enfrenta a otras fuerzas, en una constante lucha de energías contrarias, en un
proceso interminable de intercambios de vida y muerte en el que nada permanece
estable.
De ahí que
podamos interpretar la vida como un acontecimiento trágico: un proceso
regido por la dominación de unos sobre otros y la preeminencia de las fuerzas espontáneas
(instinto, capacidad de transformación, agresividad). Fuerzas que
siempre son creadoras, pues, ocurra lo que ocurra —la vida o la
muerte—, prolongan el proceso vital. Por eso lo trágico es siempre
una afirmación que se manifiesta como "alegría de vivir".
Por ello, negar la vida supone escapar de su realidad eliminando o
limitando su propio ser, provocar la vida descendente, la
decadencia; por el contrario, afirmar la vida supone aceptarla tal cual es,
trágica y paradójica, instintiva y creadora, espontánea y proyectiva.
Y esto es
lo que Nietzsche llama "voluntad de poder", que no
es sólo y simplemente una voluntad de vivir, ni una capacidad de
adaptación, sino la fuerza creadora íntima de cada viviente: "donde
encontré algo vivo, allí encontré voluntad de poder;(...) ¡Sólo donde
hay vida, hay también voluntad!: pero no voluntad de vivir, sino—así te
lo enseñé yo—; ¡voluntad de poder!".
Sin
embargo, las creaciones y transformaciones fruto de esa fuerza están
atrapadas en el tiempo: "La voluntad no puede querer
hacia atrás: pues el no poder quebrantar el tiempo ni su voracidad,
ésa es la tribulación más solitaria de la voluntad."