A la mujer que me pintó las alas, que me enseñó a volar aún
con los pies en la Tierra sólo para que pudiese alcanzar mis sueños. A ella, a
la que me acogió en su regazo cuando hacía frío y todo estaba gris, sin juzgar
ni preguntar, siempre con la delicadeza de una pluma, bañándome en caricias y
secándome con abrazos. La que inició mi camino y me llevó por el mejor sendero,
sin importarle que me gustara coger atajos. A ella, con la que he compartido
más miradas que te quieros, pero… ¡ay, qué miradas! Porque sólo ella te mira
como quien quiere encontrar matices de colores en el agua, buscando la
incógnita, esa misma que ella creó. Y es que, ¿qué te puedo decir yo, mamá? Si
una vez fui pez en tu agua…
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